Dice el cuento que la finada Andrea, poco antes de morirse, llamó a Melecio, el mayor de sus hijos, y le pidió que no se juntara más con María Manuela.
Y dice también el cuento que Melecio le prometió hacer lo, porque las palabras de su madre más parecían mandato que súplica o mera indicación. Además, las había proferido en momentos tan solemnes, que Melecio no podría olvidarlas nunca.
En su tiempo, María Manuela había sido una de las muchachas más gustadas de la aldea. Entonces fue cuando ella y él se conocieron. La moza le abrió las ganas a Melecio y un día de tantos, sin más yugos que el del amor, hicieron la yunta. Estaban tal para cual.
Ya tenían tres hijos cuando la conocí y supe esta historia. María Manuela vivía en casa aparte. Pero Melecio seguía siendo doméstico; Andrea no lo soltaba.
Profesaba a María Manuela un odio cordial que creció con los años y el aumento de los nietos. A éstos los conocía de lejos. Si se los hallaba, les hacía ascos y malos modos. ¡Y qué cosas! ¡cuan parecidos salieron los nietos a la abuela! Con ese odio, sin embargo, se fue la pobrecita a la tumba, como ya lo sabemos.
Y como hay que respetar las cenizas de los mayores, Me
lecio se separó ciertamente de María Manuela.
¿Cuánto duró la separación de cuerpos? Algunos meses no más. En este caso la difunta no siguió mandando; pudo más el amor, como es natural.
Pero no se alarmen mis lectores; se casaron al fin por la iglesia, tuvieron más hijos y fueron felices, como en los cuentos.
Respetar las cenizas
Pere
Tres viejos
Dicen los vecinos que la tiene Dios como un ejemplo.
A este viejo hay que suponérselo primero: aindiado, de mandíbulas anchas, sin bigote, descalzo.
Proscritos
Cierto día supo que don Demetrio era el dueño del te-reno que ya creía muy suyo. Esta infausta noticia cundió también por las demás familias que se hallaban en situación semejante.
Remigio conocía a don Demetrio. Le había visto pasar alguna vez a caballo por el camino, pero lo había visto con la indiferencia con que lo vería un rumiante, sin preocuparse de él, sin sospechar que aquel caballero sería el expropiador.
Remigio no haría lo de su vecino y compadre, Juan So jo, que días antes le había dicho: "Mire, compadre, yo no le daré gusto a ese tal por cual. Yo le voy a demostrar que no es tan así no más como se desaloja a un pobre. Venderé el chancho grande barcino y todos los animales, y perderé hasta el último centavo de lo que con tantas privaciones he ganado aquí, con los abogados y la ley, en edictos y papel sellado. Y después, ¡que se lo cojan todo!"
Aquel día del ardiente verano, sacaron los animales al camino, salieron las carretas con los trastos de la familia. . . Guiaban los dos muchachos de Remigio y los perros.
El difunto José
Trabajaba lo bastante. Pero más gustaba de la caza. De modo que los días festivos cogía la guapil y se iba a matar pavas y tepescuintles por los montes vecinos.
La Mala Sombra 1917
Más tarde volvió Proceso. Contento, locuaz, como raras veces lo había visto así.
Ahora nos hemos vuelto a ver y trabajamos juntos. Ha transcurrido un año. Para mí casi todo está lo mismo. De nuevo sembramos frijoles invernizos.
Pero el curso de la vida sigue su propio y misterioso destino. ¿Al fin se fue Proceso Vega a las Mesas? No se fue, porque un día de tantos murió, quebrantado de sufrir.
Tres nombres para la ausencia
El avión se eleva encogiendo prados, ríos, ciudades, hasta dejarlas reducidas a un recuerdo o un sueño. Rolando trata de leer el periódico, pero yo sé que su mente vaga por los sitios abandonados con la figura dorada en todas las imágenes.
Liana apareció al comienzo de la mañana. Su piel traslúcida permitía adivinar la red invisible que sostenía el porte de la cabeza y el gesto voluntario de la boca. En ella estaban sumidas las generaciones que la antecedieron, ritos y creencias de una raza aún fijada en el el Arca de la Alianza, las palabras de Moisés y la exigencia de su alcurnia.
Llegó a nuestra casa en busca de una pintura de mi marido. La había visto en la sala de exposiciones del Museo y quería comprarla. No preguntó precio, ni la posibilidad de adquirirla, tenía la certeza de cumplir con su deseo. Sorprendida escuché la aceptación de Rolando con voz alegre. Me había acostumbrado a las palabras de los últimos meses, duras e inflexibles como latigazos y había olvidado las pronunciadas en un tiempo antiguo, casi perdido en el laberinto de la memoria. La mujer comenzó a hablar y si antes me había parecido la encarnación de alguna diosa, ahora fue la certeza. Nos tenía hechizados con sus movimientos cadenciosos, gestos rituales antiguos unidos a la belleza de la juventud, y palabras pronunciadas en un tono algo gutural que aumentaba el encanto. Hablaba bien el español, no cabía la menor duda, pero la particularidad del acento le concedía una dimensión diferente al alargar las sílabas o quebrar voces.
Atrapado en una atmósfera mágica, donde se conjugaban signos y recuerdos largamente olvidados, con otros de reciente formación, entre en un tiempo sin relojes y la mañana se convirtió en celaje, llegó la noche y su carga de misterio; nos encontramos en una casa desconocida, donde todo desde el umbral con una vid arrollada en los horcones, hasta la puertecilla que comunicaba al jardín, tenían el aire de lo esperado. La comida de platillos ajenos al sabor cotidiano, combinó muy bien con el aire impregnado por el incienso que humeaba en cuencos de metal labrado.
En la madrugada, gotas de luz disiparon la noche; no pude desprender mis ojos de los gestos lentos de mi interlocutora y los torné a mi marido. La posición alerta de su cuerpo, la cara tensa, los ojos brillantes y la boca entreabierta, me hicieron recordar el tiempo ido para siempre en la estela de los días. Mi corazón saltó y escuché con asombro el ritmo que nunca creí renaciera del acervo de escombros acumulados.Una mano leve en mi hombro, mano de hada o de diosa, volvió mi cabeza hacia ella y me invitó a descansar.“Hay una cama tendida en el cuarto de huéspedes, te gustará el lugar”.Caminé en la dirección indicada y caí dormida encima de la cama, sin tiempo de desvestirme. Sueños extraños poblaron mi mente, luchas heroicas entre diosesgriegos. Liana participaba en ellas convertida en walkiria, diosa, bruja, descendiente del desierto o arcángel vengador.Yo en la sombra, en la observación de encuentros dirigidos por un destino ajeno a mi voluntad durmiente.
Me desperté buscando a mi lado la figura de mi marido, pero no había nadie en la cama ni en el cuarto. Salí y escuché risas alegres al otro extremo de la casa. Los encontré desayunando en una pequeña mesa cubierta por un mantel parecido al que mi abuela usaba en los día del almuerzo familiar.(Es del extranjero, nos decía siempre, me lo trajo Juan en uno de sus viajes) .No tuve tiempo de detenerme en el pensamiento que podía solucionar un montón de incógnitassobre aquel país extranjero, porque Liana acercándose a mí me besó efusivamente.“¿Dormiste bien, cariño?”, mientras su brazo en mi cintura me dirigía al lado de Rolando, quien delante de una taza de café y diversa clases de panecillos, comía vorazmente.Continuó sonriendo: “desde que murió mi marido no me acuerdo de haber sido tan feliz”. Su cara irradiaba luz y me sentí contagiada. Lejos habían quedado los despertares angustiantes con la cotidianidad de los días, el mal genio de Rolando, el hastío del desamor y los papeles del divorcio. “Quisiera pintarlas; las dos juntas ofrecen un contraste interesantísimo“, expresó mi marido. Miré el color de mi piel morena del cruce de razas, imaginélos ojos negros tan oscuros que al comienzo del matrimonio Rolando se sumergía en ellos diciéndome que algún día descubriría su misterio. Últimamente habían tomado un color borroso, como de ropa demasiado gastada o enmohecida por falta de uso. Los ojos de Liana eran dorados como su piel y su mano reposaba sobre la mía con la confianza que concede la amistad de muchos años. No intenté retirarla, era natural que así fuera y que su otra mano ciñera la de mi marido.





