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Dos buenos ticos

Campesino el uno. Gamonal ya viejo, hombre limitado
y sin mayores preocupaciones.
Ciudadano el otro. Abogado y profesor de enseñanza. En la adultez, también contento, como lo veremos.
En campaña política. Los dos conversan. Dice el abogado: —¿De qué partido? Dice el gamonal:
—Siempre he sido gobiernista, desde que tengo uso de
razón.
El abogado, sonriente, socarrón, más por ver qué decía
el gamonal:
Usted, por lujo, por darse taco, ¿por qué no ha sido antigobiernista alguna vez?
El gamonal, sorprendido, sin comprender:
—¡Cómo se ve que usted todavía es joven! Tengo mis razones para ser siempre gobiernista. Vea. Si soy gobiernista y se me sale una vaca, me la llevan a mi casa. Si soy contrario, me la llevan al fondo. Si hay parranda con Nicaragua y soy contrario, mis muchachos son los primeros que bajan p'Heredia. Si soy del gobierno, no me los tocan.
El profesor de enseñanza, Rector de instituto —consejero y guía de jóvenes, por lo tanto— satisfecho de la respuesta, le pone la mano en el hombro:
—Entonces, mi amigo, siga siendo gobiernista.

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Filadelfo el primero

Oh, mi buen Elias, mi conforme Elias!, lo que menos te figuras es que haya pasado al papel lo que en otro tiempo me referiste con ternura evidente. Pero es suceso que merece recordarse.
* * *
Es bueno que antes sepáis algo de este Elias, mi amigo, tal como lo conocí cuando me contó lo que luego se verá.
Vaquero en la ciudad. Al anochecer de todos los días guiaba las vacas a un potrero cercano. Una vez llegó a descampar en el corredor de mi casa. Invierno fuerte y aguaceros largos. Como anocheciera y tuviera que ir hasta Guadalupe, le ofrecimos de comer. Desde entonces, el pobre siempre hacía lo posible por quedarse y que de nuevo lo invitáramos. Terminó por hacer amigables relaciones con la cocinera. Yo también lo quise. Era un campesino respetuoso e ingenuo. Bien lo recuerdo: de cara colorada y cerrada de barba rubia, que a veces dejaba crecer un poco, ojos verdes y orejas peludas.
* * *
Aquella noche, entre otras cosas, hablamos de la familia. Y fue entonces cuando supe de Filadelfo el primero.
"Eso sucedió así, me dijo Elias:
"En una hacienda de Rancho Redondo trabajaba como peón. Hacía de todo: de maquinero y mandados; cuidaba las vacas.
"Esa tarde, como a las dos, habíamos comido juntos yo y Filadelfo, el primer hijo, de dos años, muy desarrollado para la edad que tenía. A Filadelfo le teníamos aparte cu-charta y platillo de china".
Recuerda entonces, enternecido, que el niño, por jugar, aquella ocasión le pidió que le enfriara los bocados antes de comérselos.
"También recuerdo que cuando salí de la sala, vi que Filadelfo jugaba junto a la acequia. Le di una nalgada y lo mandé para adentro.
"Trabajaba después en el aserradero, cuando de lo alto de la cuesta una mujer me hizo señas con las manos".
Había tal angustia en la señal, que Elias paró la máquina al instante y echó a correr potrero arriba.
"Cuando llegué al portón, me dice la mujer: —Mire, Elias, lo que está aquí. Y me señaló en una de las compuertas de la acequia que bajaba a mover la máquina, a mi hijo Filadelfo".
Estaba boca abajo, a flor de agua, y el agua presurosa lo golpeaba.
"Dice la esposa que yo dije cuando lo vi: •—A ese muchacho se lo llevaron los diablos".
No estaba en su juicio.
Cogió por un pedregal y arrastraba al niño de la mano.
Un vecino compasivo lo detuvo y se lo llevó a la casa.
—Aquí está, acábatelo de jartar, le dije a la esposa, y lo eché en la cama.
No estaba en su juicio.
"Con otro niño del vecino jugaba el mío en la acequia". La madre contempló el deplorable suceso, impasible al parecer; ni hablaba, ni lloraba; hecha una tonta.
De rodillas, Elias y otras personas trataban de volverlo a la vida.
¡Inútiles empeños!
"Al galope de un caballo del patrón me fui hasta San Isidro. Llegué con una botella de álcali, a ver si volvía".
Nada, nada, Filadelfo el primero estaba irremediablemente muerto, aun cuando no lo parecía.

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El viejito pordiosero

n San Isidro de la Arenilla. Mañana clara y fresca de verano por la calleja torcida y a trechos empedrada. Mucho rumor de aguas que por allí descienden a brincos.
En uno de los paredoncitos de la orilla, a la sombra de unos sauces, estaba sentado un viejito pordiosero, descalzo, de saco y chaleco. Desgranaba unas mazorcas.
¦—Para aliviar la carga, me dijo, alzando unos ojillos metidos, llorosos, tristes.
Y hablamos más. Pasaba ya de los cien años. Ocho hacía de vivir solo. Viudo. Con hijas malas. Había sido palero. La vista se le acortaba. En cambio, oía admirablemente.
—Muy agradecido estoy con Dios porque me ha dejado buenos los pies y los oídos.
Escasa limosna recogía en San Isidro y Guadalupe.
Su partido estaba en San José. Personas buenas y malas había en San José. No lo protegían los extranjeros.
—Es gente que no piensa en salvarse . . . ¡Ellos qué!. ., dijo con gesto desdeñoso.
Vendería el maicito.
Al irse, recogió los olotes y me dijo:
—Son para la vecina de enfrente; es muy pobre, los necesita para calentar su cafecito.
Luego lo vi alejarse, al paso del bordón.

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Respetar las cenizas

Dice el cuento que la finada Andrea, poco antes de morirse, llamó a Melecio, el mayor de sus hijos, y le pidió que no se juntara más con María Manuela.
Y dice también el cuento que Melecio le prometió hacer lo, porque las palabras de su madre más parecían mandato que súplica o mera indicación. Además, las había proferido en momentos tan solemnes, que Melecio no podría olvidarlas nunca.
En su tiempo, María Manuela había sido una de las muchachas más gustadas de la aldea. Entonces fue cuando ella y él se conocieron. La moza le abrió las ganas a Melecio y un día de tantos, sin más yugos que el del amor, hicieron la yunta. Estaban tal para cual.
Ya tenían tres hijos cuando la conocí y supe esta historia. María Manuela vivía en casa aparte. Pero Melecio seguía siendo doméstico; Andrea no lo soltaba.
Profesaba a María Manuela un odio cordial que creció con los años y el aumento de los nietos. A éstos los conocía de lejos. Si se los hallaba, les hacía ascos y malos modos. ¡Y qué cosas! ¡cuan parecidos salieron los nietos a la abuela! Con ese odio, sin embargo, se fue la pobrecita a la tumba, como ya lo sabemos.
Y como hay que respetar las cenizas de los mayores, Me
lecio se separó ciertamente de María Manuela.
¿Cuánto duró la separación de cuerpos? Algunos meses no más. En este caso la difunta no siguió mandando; pudo más el amor, como es natural.
Pero no se alarmen mis lectores; se casaron al fin por la iglesia, tuvieron más hijos y fueron felices, como en los cuentos.

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Pere

Pere le decíamos familiarmente. Se llama Peregrina.
Hay que imaginársela más o menos alta, erguida, con unos ojos que las cejas alzadas hacían más grandes, más negros y más hermosos, por lo tanto.
Un tiempo fue la cocinera de mi casa. Cierto día no apareció. Tampoco al siguiente. Y nosotros, sin preocuparnos.
Al fin la esposa fue en busca suya. Vivía cerca, en una casita de adobes pegada a la orilla del camino. Por las noches se iba a dormir a esa casucha.
Vivía con Rafaelillo, un fletero de las orillas de la ciudad. Este trabajaba con fortuna escasa, y lo que ganaba, se lo bebía o lo jugaba. De modo que Pere tenía que ganarse el sustento propio con la cocina. A veces lo ganaba para ambos.
Este Rafaelillo conoció a Pere años atrás, de cocinera en una casa rica. Ella venía de uno de los pueblos cercanos. De San Sebastián o San Francisco de Dos Ríos, si no me equivoco. (En ambos lugares se crían campesinas muy bonitas). La enamoró, pues, la sacó del concierto y se la llevó a vivir con él. No habían tenido familia. Rafaelillo le había sido bastante fiel.
Me contó la señora que Pere estaba en cama. Tardes antes se había ido algo resfriada. Al acostarse, se dio una fricción de alcohol con aguarrás.
Esa noche, como otras muchas, Rafaelillo no pareció a acostarse. Cosa esta que ya ni mortificaba a Pere.
Como a medianoche, Pere sintió ruido en el corredor. Era Rafaelillo que regresaba a caballo y ebrio. Tanto, que no atinaba a bajarse de la bestia.
Así lo comprendió Pere, y se levantó envuelta en la cobija. Como pudo, lo entró al cuatro.
Llovía copiosamente y venía empapado. Hubo que desnudarlo y acostarlo. Todo esto, con muy buen modo; sin palabras hirientes de reproche, sin malos gestos.
Ya acostada, oyó que el caballo sacudía la montura. ¡El caballo! ¡Si el pobre se había quedado sin desensillar! ¿Y así había de pasar la noche? No. Y vuelta a levantarse, le quitó el aparejo y lo soltó para que se fuera a pastear por las callecillas.
Por supuesto, se resfrió mucho más y amaneció con fiebre. Hubo que llamar al doctor. Esto explicaba su ausencia.
Algunos días más tarde, como le dijera a Pere en son de reproche:
—¿Por qué no abandona a ese perdido? Ella me respondió:
—¡Dios libre! Si yo no lo quisiera, sería más desgraciado.

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Tres viejos

Esta es una viejecita tullida y ciega. En poder del yerno —enfermo y pobre— y de una nieta. La hija murió hace algunos años pero ella no lo sabe todavía.
Ahí se pasa en el aposento, hecha un montoncito.
Cada vez que siente a la casera, le pregunta con voz muy delgada:
—¿Ya nos viene a echar de la casa?
Dicen los vecinos que la tiene Dios como un ejemplo.
***
Este es un viejecito de semblante muy noble, de barba entrecana; bastante jorobadito; con el vestido muy roto.
Viene de Tres Ríos, ya está muy cerca de San José. Salió a las cinco de la mañana y ya son las nueve y media.
Pica el sol.
Ahora se ha detenido a descansar un poquito. Arrima las esteras a un paredón y con el forro de una de las mangas de la chaqueta, se enjuga el sudor de la frente.
—¿Muy rendido?
—Algo. Ya ni veo claro.
Voz dulce.
Pausa.
—¿Un confite? (De los que llevaba mi hijo).
—Bueno. Dios se lo pague.
Hace esteras; tres por semana. Las venderá en San José, Dios primero. Tiene que comprar las venas. Ahora escasea mucho la vena. De Curridabat para arriba, en todas las haciendas, han cortado las cepas de guineos. Mejores las del guineo, de invierno y de verano. El guineo diario está botando las hojas. La del plátano en el invierno se pudre.
—A ver si llego.
Y sin dificultad se echa la carga al hombro, y al camino.
***

A este viejo hay que suponérselo primero: aindiado, de mandíbulas anchas, sin bigote, descalzo.
Toca recio la puerta y ofrece la mercancía: es un ayote, y lo trae en un saco de gangoche. Trae también, un hacha.
Sale a atenderlo una niñita, la hija de la cocinera, y corre a preguntar si mercan el ayote.
—Mire. Llévelo. Es mejor que lo vean. Diga que valen dos riales.
Regresa la chiquilla por el ayote.
—¡Animas benditas que lo dejen! A ver si ni puedo ir yo a buscar algo qué comer.
Medio sopetas, como que le faltan algunos dientes.
Entretanto, el viejo confianzudo ya iba zaguán adentro.
Yo estaba en cama, en una de las piezas inmediatas, dormitorio de la familia, que la señora mantenía con el piso lustroso y en todo, muy limpio. Un biombo me sustraía a las miradas de las visitas. Por darle broma y para ver qué hacía, le grité:
—¡Che!, ¡che! ¿Para dónde va?
Cuando lo vi, fue junto mi cama. Debo confesar que me agradó aquella inesperada visita. El viejo era ocurrente, locuaz, muy expresivo. Por otra parte, yo tenía el buen humor del convaleciente.
-Ando delegado —me dijo—. Soy viejito y vea la hora que es y no he tomado café. Tengo un dolor en este lado. (Todo esto, dicho con gestos muy expresivos).
—Es ayote cascarito —añadió—. Yo antes picaba leña en esta casa, cuando estaba Fidelina Vega. (En otro tiempo, cocinera de la casa. ¡Que Dios la tenga en su santa gracia!).
En eso, la chiquilla.
—Que tome, que es muy caro.
—Diga que cuánto me ofrecen.
Y volviéndose a mí:
—Lo vendo para irme a comérmelo. (Con un gesto hace que come). Ando a oscuras.
En eso, la chiquilla:
—Que no, que se lo lleve, que no sea necio.
—¡Ah, chiquita de Dios! cómo no sabe dar una razón.
Y el viejo no salía del dormitorio.
En eso, la señora:
—¡Adió! ¿Y eso? ¡Tamañas patas pintadas en el piso, acabadito de limpiar! ¿Y esas confianzas? Salga pronto para fuera.
El viejo volvía la cabeza para todos lados, y no hallaba qué hacer.
Yo estaba muerto de risa.
Sí recuerdo que cuando salía iba diciendo:
—Hemos de ser tierra, señora. No tenga cuidado. Perdone.
Y se fue con su ayote a otra parte.

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Proscritos

La cosa me la contaron así:
Don Demetrio era un caballero acaudalado, aristócrata de la capital y persona influyente en el gobierno de entonces. Solía denunciar terrenos baldíos, con lo que se había enriquecido mucho.
Contiguos a una extensa finca que poseía en Turrubares, había terrenos de esta clase. Como es natural, pudo más la codicia y los denunció también.
Pero es el caso que en dichos terrenos, a los lados de los caminos especialmente, se habían instalado algunas familias pobres. Era una de ellas la de Remigio Soto. Inconfoi.ne con la vida estrecha que llevaba en el caserío vecino, Remigio había resuelto internarse, irse por los caminos a las montañas y detenerse en las tierras sin dueño conocido. Con la esperanza de desmontar el suelo, hacer un rancho, criar la familia y animales, sembrar, tener qué comer y ¿quién sabe? hacerse rico, si Dios lo quería.
Algo de esto se había realizado con los años. Tenía el rancho, terreno limpio de que sacaba el sustento, y algunos animales. Los hijos habían venido, pero casi todos se habían muerto; dos le quedaban, ya grandecitos. Era malsano el clima del lugar. Aguas escasas y malas. Aguas malditas, decían en la comarca. Eso habían hecho los indios, envenenarlas, iracundos y perseguidos, antes de desaparecer y entregar los suelos nativos a los extraños.
Pero estaba contento Remigio. Más se conformaba con que le pegaran los animales que los hijos.
Cierto día supo que don Demetrio era el dueño del te-reno que ya creía muy suyo. Esta infausta noticia cundió también por las demás familias que se hallaban en situación semejante.

Remigio conocía a don Demetrio. Le había visto pasar alguna vez a caballo por el camino, pero lo había visto con la indiferencia con que lo vería un rumiante, sin preocuparse de él, sin sospechar que aquel caballero sería el expropiador.
Luego se supo que un ingeniero andaba tierras adentro y medía las nuevas propiedades de don Demetrio.
Por fin llegó la orden fatal. O se quedaban como meros inquilinos, pagando esquilme, o desocupaban los terrenos ocupados indebidamente.
¿Y las mejoras? El nuevo propietario nada reconocía.
Y entonces ocurrió la terrible resolución. Que fue de la mujer airada, por cierto.
No hubo ni lágrimas, ni alaridos, ni pesadumbres ruidosas. Rencores sordos, resoluciones firmes y silenciosas, sí hubo.

Remigio no haría lo de su vecino y compadre, Juan So jo, que días antes le había dicho: "Mire, compadre, yo no le daré gusto a ese tal por cual. Yo le voy a demostrar que no es tan así no más como se desaloja a un pobre. Venderé el chancho grande barcino y todos los animales, y perderé hasta el último centavo de lo que con tantas privaciones he ganado aquí, con los abogados y la ley, en edictos y papel sellado. Y después, ¡que se lo cojan todo!"

Aquel día del ardiente verano, sacaron los animales al camino, salieron las carretas con los trastos de la familia. . . Guiaban los dos muchachos de Remigio y los perros.
Marido y mujer se quedaron atrás. De pronto, como a escondidas, jadeantes, pálidos, sin saber por dónde, salieron y se incorporaron a la comitiva proscrita.
Más adelante, en una alto del camino, se detuvieron a contemplar la hazaña realizada. Ardía el rancho, ardían los cañales, ardía el platanar, ardían los árboles desmochados.
—Y ahora, que esos demonios se lo cojan. Palabras de la mujer.

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